Había anochecido hacía algo más de siete horas. Perdido el último metro y dudaba de qué personajes se encontraría en un recorrido de una hora del bus nocturno que salía del Ayuntamiento. Caminaba aprisa bajo un manto de finas gotas de lluvia de esas que no mojan pero empapan, que se te cuelan por en medio de las pestañas y apenas de dejan abrir los ojos, de las que no pesan pero son molestas. Intentaba en balde encender un cigarrillo en la place de la Concorde, consiguiéndolo al fin en uno de los inmensos pies de granito de las farolas. Había recorrido dos mil kilómetros sin pensarlo para encontrarlo y decirle estoy aquí, me necesitabas y he venido. Pero tan grande había sido la sensación de sorpresa que se había encontrado con una puerta en las narices poco más o menos. Y por eso se había hecho tarde. Hablando, decidiendo con él quién era ella ahora, qué puesto ocupaba en su vida, amada, amante, amiga o meramente una princesa de la soledad en su nuevo caminar en solitario. Era diciembre, y por todo abrigo llevaba un suéter de algodón y una levita de lana negra. Había ido en metro, y había llegado para quedarse, al menos hasta la mañana siguiente. Al menos. Cruzó el puente de Alejandro III y se dirigió al Boulevard des Invalides, donde desolada al llegar aún debía subir por una estrecha escalerita de caracol en madera hasta el séptimo piso donde un antiguo amigo de la facultad le tenía una camita preparada para dormir. Aunque se suponía que habría dormido junto al Beaubourg. Pero allí estaba, derrotada, con el alma flotando en algún punto del Sena, tras las lágrimas mezcladas con la lluvia. Al llegar a la casa por sorpresa, marcar la clave, subir bajo la mirada atónita de los porteros a esas horas de la madrugada, fue recibida con una botella de buen Beaujolais del mercado de los sábados y subieron al último piso, a ese donde estaban las duchas para poder fumar por la ventana. Para contarle lo sucedido y observar el Sacre Coeur a lo lejos. Había cesado la lluvia. Y cuando acabaron la botella todo era niebla que cubría los tejados de pizarra y ya no se veía el templo claro a lo lejos.
Al despertar, tras remolonear mucho bajo el edredón, se fueron al Canal de Saint Martin. Y fue allí donde se acordó de alguien especial del que aún no le había hablado a su amigo. Alguien al que había conocido hacía poco tiempo. En realidad no lo conocía, simplemente era alguien más en su agenda. Pero le había llamado la atención ese tono suave, sus palabras dulces, su mirada fija, sus manos blandas. Decidió que nunca más hasta que estuviera segura de poderlo hacer con “coeur” y “tête”, nunca se volvería a enamorar -cómo si se pudiese decidir- pero ella era así, tozuda. No volvería a dejar en mano del destino, de los hados o de la reina Mab el devenir de su corazón, el abrir y cerrar de puertas en ciudades lejanas. Las llamadas en busca de apoyo y el temor de otros a ser amados. A recibir más de lo que dan. Pasaron algunos meses y vagó vagamundeando sueños e ilusiones siendo toda una princesita de la soledad, sin haberlo decidido ni previo aviso. Así, sin más. Sucedió como anochece cada día. Y un día se encontró escribiendo un cuento con ventajas para un hombrecito de la mar. Diciendo frases robadas como “si se me acaba la gasolina, me muero”. Nunca se había descubierto con la ceguera pegada en la yema de los dedos, riéndose hasta la extenuación por algo insignificante, rasgando el silencio en la noche por las calles naranjas de la ciudad a carcajadas por la calle Matahacas, ni dándose baños de luna en su habitación cercana al Muelle de Nueva York. Caminaron y lo hicieron por vías paralelas a base de sueños, abrazos, caricias, encuentros y reencuentros. Sonrisas, y también lágrimas, las que les robaban al océano cada verano en las ahogadillas… Ella sintió nostalgia de la soledad en Famara y decidió no dudar y pisar fuerte en el acantilado de otra isla. Y luego lloró en Manhattan -supongo porque en los lugares en los que ni se ha amado ni se ha sufrido no quedan en la memoria- también recorría 15 calles abajo por la sexta en medio de la madrugada, entre basura, ratas y oscuridad, sin miedo. Compartieron sábanas arrugadas al pie de la cama, domingos blancos, macarrones y la vida. Y no contaban los días… ellos pasaban de largo dejando que la maquinaria universal infinita hiciera su trabajo. No contaban las horas. Se lo contaban las paredes de los sitios por donde pasaban. Quizás no callaban todo lo que debían callar. Pero no importaba.
Un día, de esas calles que no callaban susurraron al verlos pasar cogidos de la mano, jugando al escondite en la Concorde, enrollando como dama y vagabundo los espaguetis de un osobuco en el Barrio Latino, poniendo las notas a la noche Edith Piaf, y brindando con un vino por aquel cuento con ventajas, y por aquella puerta en las narices que les dejó conocerse…
Bonita historia…
Escribes muy bien.