4.30 am. Domingo. Una lucecita se prende entre la oscuridad de la noche. Me acurruco de nuevo entre el edredón y la manta blanca… “hay natillas aún” susurro. Y tus deseos se hacen realidad. Me incorporo. Como una autómata devoro las natillas en un vasito de cristal de esos de nocilla que tienen muchos surcos paralelos por los que da gusto pasear la yema de los dedos.
Unas horas más tarde abro los ojos, ya es de día, espero que no sea demasiado temprano, es domingo, apetece dormir. Una ducha rápida, bajar a la calle a por pan. Regresar por esa calle en la que el viento se cuela con una corriente hacia el río como si fuera una de las avenidas que comunican el Hudson con el East river. Hoy ya es invierno, hace frío del que corta la cara. Me voy colando desde la tiendita por la calle en zig- zag sorteando coches y cacas de perro para que me den los rayos de sol en la carra aunque tenga que guiñar los ojillos porque me deslumbran.
Succión infinita de polvo hasta el último rincón finito de los escondrijos del piso. Empezamos por los peluches, la mesita de noche donde viven últimamente mis gafas rosas, Enfance de Natalie Sarraute, un recuerdo de Babeland del Soho, seguimos por la inmensa maleta rosa, y la estantería… el revoltijo de cables de la mesa de estudio, todos los diccionarios, tropezarme de nuevo mis diarios de viaje, Moleskine, planos, guías, una agenda nueva para 2009, el sobre donde guardo los recuerditos de París de Junio, algunas revistillas de moda -de esas que compro cuando digo “necesito vacaciones” y gastando unos pocos euros en el quiosco que se preste para la ocasión ya me siento de vacaciones, y son las típicas que siempre acabo leyendo semanas después en algún viaje en tren- el despertador supersónico…
Uñas rojas, y un brunch… me apetecía un bagel de esos de Brooklyn. De esos de 3$, con queso philadelphia y salmón ahumando con un café, sentada afuera, dándome el sol y hablando de lo rico que está disfrutar de las mañanas de domingo tranquilas. Sin nada que hacer más que pensar en planificar la siguiente semana. Pero estuvo rica la comida… sopa de estrellitas, espaguetis carbonara de ayer, montadito de melva con pimientos y manzana. Después seguir con mi arrebato de limpieza.
Re-ordenando re-decorando la mesa del comedor, que siempre tiene algunas cosas… una botella estilizada de vino verde, y otra azul de agua que esperan aún por las flores que contendrán, plato con limones, la cajita de lata de cookies y la taza de Star Wars, esa enorme que no puede ocupar más que ese lugar en la casa. Hacer un calendario de invierno, con tres meses para ir dejando la huella en los días que pasan con algún recuerdo… con papel vegetal e hilo.
Y de vuelta a la mesa de estudio, un poco de Zola, con Chet Baker, un chocolate caliente, y varias magdalenas caseras de chocolate que nada tienen que envidiarle a los muffins que tanto echo de menos. Velitas de vainilla… y ganas de empezar la semana con buen pie. Y aquí estoy, con el ánimo como si llevara todo el día haciendo una fiesta…
Esperemos seguir con este ánimo hasta dentro de 14 días, cuando tengo uno de mis exámenes de Diciembre…
Todo tan natural y normal que me doy cuenta de que ahi, en esas pequeñas cosas, entre esas magdalenas y esa taza de Star Wars, está la felicidad. Y quien no la vea ahi…
Un placer leerte y haberte descubierto.
Un besitoooo
a Julia… tú si que sabes…
smuacks!