Era un día muy frío, había amanecido con escarchas en cada abeto, en las flores de los jardines, en los tejados de pizarra, en los canalones donde había regueritos de agua había hielo que llegaba hasta las ventanas. Y es que hielo había por todos sitios. Olía a chimenea y a nieve. Hacía varios días que no sabíamos nada de ella, de Geraldine. Hiciste de todo, desviar el teléfono a casa de tus padres por si llamaban los míos, no quería que se preocuparan, la verdad, desde que te levantabas hasta que te acostabas ibas a desayunar conmigo, me llevabas de paseo a conocer la ciudad y me acompañabas a Sephora a comprar mini perfumes de caramelo, y no te enfadabas si te regaba con ellos para hacerte la broma. A mis padres dada la situación no los iba a llamar para contarles lo que había pasado, estaba a más de dos mil kilómetros de casa y era Navidad. Preocuparles no era la mejor idea, y me mudé a tu casa. Ese día me llevaste a pasear por el centro y no se me borran de la mente esas lámparas de miles de estrellas de cristal que adornaban las calles metidas en sus jaulitas, era la decoración navideña más bonita y sencilla que nunca había visto, daba un color dorado a las calles. Nuestros mofletes estaban de continuo rojos rojos, parecíamos Heidi y Pedro paseando por las calles, y tu te reías -con tus oyuelos en la cara con esos ojos azul cielo de primavera con las pupilas siempre muy dilatadas- cada vez que te lo decía y las orejas siempre tapadas con las bufandas salvo que encontrásemos a algún conocido por la calle, luego después casi nos volvíamos a tapar hasta los ojos. Nos íbamos al atardecer al cementerio a escuchar Tryo y a cantar Nirvana sin que nadie nos escuchara. Ya sabes que no me gustaba nada, no, no me hacía gracia estar allí aunque fuera el único sitio donde la gerdarmerie no te daría la lata por dar unas caladas a tus pitillos. Pues ese día se te ocurrió la idea de dónde estaría ella, y llamaste, y así era. Estaba en casa de su abuela en la capital. Teníamos que ir a buscarla, así que me dijiste que si quería ir contigo. Iríamos en tu pequeño peugeot rojo. No conducías mal, así que “ça marche”. De todas formas era el único tiempo que me quedaba para pasar contigo como tu cómplice, la amiga improvisada con la que te tocó compartir esos últimos días, con cierta obligación pero con gusto. Yo creía que era yo la que se moría por estar otra vez a solas en el coche, rumbo a ninguna parte, no era solo a mi a quien le encantaba que no llegara la hora de estar en algún sitio presentables y dejarnos llevar y no aparecer hasta las tantas de la mañana hablando de tonterías, porque entonces, no hablábamos a penas, entre un french-english que teníamos… nos reíamos… nos reíamos y nos habíamos cogido un extraño apego como los dos mejores amigos del parvulario que no se separan hasta la universidad. Strasbourg-Paris. Ese era el trayecto. Nada más entrar en la autopista pusiste mi canción de Green Day, esa que yo cantaba como una loca desde que me había estudiado la letra con mi compañero de pupitre ese año en el Instituto, en las horas muertas de filosofía “Stranded… lost inside myself, my own worst friend and my own closest enemy…” del disco de Insomniac. Y redujiste la marcha girando el volante en la “prochaine sortie” hacia la primera estación de servicio, y yo miré que el contador de la gasolina estaba arriba, habíamos rellenado el depósito ayer. Te miré por el espejo retrovisor y sí tú al parecer estabas intentando adivinar también qué tal me parecía la idea de tu plan. Aparcaste en el sitio más escandaloso, en medio de todo el aparcamiento. El cielo estaba blanco gris. Miré hacia delante, hice el gesto de sacar mi paquete caro, muy caro de camel reservado para ocasiones especiales en aquel viaje. Pero no me dejaste encenderlo. Me apartaste el pelo de la cara y te acercaste a mi y me dijiste que no hablara, que ahora te tocaba a tí y no , no yo no me lo podía creer. Porque eras el chico guapo, de la chica guapa, y yo no era guapa, ni sexy, ni atractiva o al menos eso pensaba. No podíamos ser ¿amantes?. Mi padre siempre me decía que los cuernos no existen, que alguien mientras fuera desde la sinceridad podía tener uno o siete novios, y desde que conocí esa teoría yo siempre me aventuraba a decir, y aún lo sigo diciendo que “yo novio de eso no uso”. Sólo deseé que ese momento no acabara nunca, teníamos que seguir el camino pero por algún extraño motivo ese día 31 de Diciembre de 2000 empezó a nevar en aquella autopista, y estábamos allí metidos, en aquel peugeot chiquitito. Y sólo él sabía donde estábamos, que nos nevaba, que la calefacción no daba abasto, y que podíamos seguir el camino, pero que decidimos quedarnos. Decidimos pasar así nuestro último día del año. Como si estuviéramos en pijama remoloneando… pues así… y salir a tomar un café calentito, y luego tirarnos nieve hasta tener las manos heladas y el diafragma pidiendo la eutanasia de tantas risas. Y esperar a que pasara la máquina quitanieves… y seguir el camino de 500 kilómetros nevados hasta allí, y llegar, y pasar la última noche del año viendo la torre iluminada, y los fuegos artificiales. Y no llegar hasta el día siguiente. Ella se había escapado, nosotros también. Saber que era el único momento de nuestra vida que íbamos a pasar juntos, y aún así disfrutarlo hasta decir basta. Fue un trayecto Strasbourg-Paris. Así se llamaba nuestra historia.
todos los días tengo casi como norma “encontrar” un blog y nunca lo consigo. Siempre el blog me encuentra a mi y en esta oportunidad no ha sido diferente.
¿suena cursi? sí ¿y qué? es cierto.
Me ha gustado el blog y me pasa lo que me pasa con la mayoría, quiero todo. Es como cuando descubro una música de ani difranco que me consigo todos sus discos o como cuando escucheé esta mañana demian rice, quiero todo !!!! y de casualidad me ha llegado por tu vía
necesito un reloj diseñado por dalí para leer todo lo que quiero.
Saludos, seguiré leyendo
arolíssimo