2 diciembre 2008
… con pena. Hay días que se empiezan con pena, de esa que se te queda pegada como la cola blanca seca en las manos y que luego coges una esquinita y te la vas despegando como si se tratara de una segunda piel poco a poco, un chicle seco que te atrapó al explotar y romperse con la fragilidad y el aire que contenía haciendo presión a la pompa. A menudo nos gusta jugar con un chicle Boomer en la boca cuando somos pequeños, y hacer pompas enormes, que sobresalen por encima de la nariz, pero a veces pasa eso, que te explotan en la cara. Pues con la pena pasa lo mismo, a veces se expulsa de adentro como si fuera el humo de un cigarrillo. Esa fumée acaba por envolverte hasta que llega un momento en el que se te queda pegada como la cola blanca.
Y hay que dedicarse a quitarla, porque unas veces sale como la piel de serpiente entera, pero otras veces, cuando la has visto pegarse a cámara lenta, es una labor más minuciosa…
He salido al balcón después de una ducha con la que he desterrado la pena de mi vida por hoy, la obligué a colarse por el zumidero de la bañera con el agua y el jabón. He abierto la puerta en la oscuridad de esta tarde de invierno y me ha saludado la luna con dos luceros. Me contó una mentira, que estaba menguante, ella siempre miente, y después se marchó dejándome de nuevo con las farolas que hacen que mi calle sea naranja de noche. Diciendo adiós a esas noches blancas de plata que me ha estado regalando todo el otoño.
De vuelta he llorado otro poquito… quizás porque había estado mirando desde el balcón los adoquines grises y me acordé de que nunca he jugado a la rayuela.