“Suena el motor de un coche que arranca en la calle, y recorre la salida lateral al descubierto del edificio, poco después se escucha cómo chirría la verja del garaje, acelera y la puerta vuelve a su lugar con un fuerte golpe como colofón a su paseo matutino. Me despierto y no veo movimiento alguno en la habitación. Mucha luz, mamá deja la persiana a la mitad de la ventana que llega hasta el suelo. Arriba se escuchan los tacones, y más allá de la puerta del cuarto también. El bote de laca es lo que hace el ruido ahora. Justo después es su silbido regando la cabeza de mi madre. Ahora se que abrirá la puerta. Y por ahí aparece con su olor de siempre, su colonia azul.
Me lleva a desayunar en la cocina con una mañanita puesta de las que me hace la abuela Emilia. Luego me viste, con esos leotardos con agujeritos que no me gustan nada, porque cuando me siento se me clavan. Un vestido de cuadros con baberola. Que no quiero baberolas como las de un bebé. No quiero baberolas, ni quiero ser bebé, ni quedarme en casa con mamá toda la mañana. Mi hermano está en la guardería, pero yo no. Me quedo sola en la habitación tras haber desayunado. Sola, con mi alfombra marrón, y la cama nido tapizada con esa telita suave con dibujitos verdes de brotes germinados. Con la cortina de flores, y el visillo tras el que me escondo para jugar al escondite -sí, ese en el que nunca me encuentran y empiezan todos a llamarme por toda la casa- y las estanterías con los cuentos de mi hermano. Esas estanterías que están realmente altas, donde yo no alcanzo sino escalando por las maderas de la cama nido y amontonando los cuatro cojines que hacen las veces de espaldares y reposabrazos del “sofá” cuando la cama está hecha. Pues ahí arriba es donde me encaramo para coger los cuentos que son míos y están de prestado en esa estantería. Y veo a las brujitas de colores, que se llaman hadas. Esas hadas que están escondidas entre la maleza, que saltan de hierba en hierba entre flores, entre mariquitas, escarabajos y gusanos. Esas que me encantan. Las que se esconden de los gnomos. Y luego las dibujo con mis ceras de colores en las paredes del pasillo. Es como las pizarras que hay en las clases de mi hermano, pero más grandes. Y las ceras son como tizas pero no me manchan las manos. La verdad es que no termino de comprender por qué al día siguiente ya no están. Si yo no las borro. Cuando veo que no hay nada que hacer, pues las pinto con los mismos colores que las flores en una cosa blanca que tiene la cama de la habitación del fondo donde papá tiene papeles de trabajar y donde mamá estudia. La habitación del teléfono. Ese que no puedo cojer salvo cuando me dicen que está papá al teléfono. No me da tiempo de decirle apenas nada y me quitan ese auricular que tengo que colocarme en el oído y en la boca, y que a veces me confundo y tengo que darle la vuelta. Así que en un abrir y cerrar de ojos los mayores se están riendo y ya no tengo más el teléfono y no he podido hablar con mi padre. Y siempre pasa igual y me enrabieto. Lloro con todas las fuerzas que tengo y hago fuerzas con la garganta como para hacer gritos sordos y me quedo ronca y me pica después mucho la garganta. Y meto los dedos en el tarro de la miel para cojer una poquita, que me hace bueno a la garganta. Eso es lo que me da la abuela cuando me duele. Y luego ya se me va pasando y vuelvo al cuarto del sofá de brotes.
Luego llega la hora de ir a la calle, me lavan la cara con agua fresquita y me ponen el abrigo. Me aupan para ir más rápido al cruzar la calle, y llegamos a la tiendita de comprar el pan y la leche. Esa leche que no me gusta nada, nada que me obligan a tomar por las mañanas y por la tarde, que viene en una bolsa de plástico y meten en la nevera con una jarrita blanca. A veces hago por que mamá o papá se distraigan mientras están cortándole el pico y metiéndola en la jarra para que se derrame en el fregadero y así mi vasito no lo pueda tomar. Pero no hay manera, siempre hay, siempre hay para mi desayuno y mi merienda.
Y más tarde llega la hora de ir a Quecos a recoger a mi hermano, esta vez si en la sillita de reina del coche de cuadritos blancos y negros. Y llegamos a la puerta y allí puedo jugar con otros niños mientras sale él del cole. En realidad no es un cole, es una guardería. Los azulejos son verdes y la tita vive un poco más lejos. Muchas veces vamos a verla al salir de Quecos.
Así eran las mañanas en la Avenida de Barcelona, el sitio en el que yo nací. Y vine del mar porque los niños no vienen de París cómo siempre me habían dicho. Vine del mar porque mis padres se querían. Y en el verano en que mi hermano tenía un año fueron al mar a por mi. Y entonces empecé a venir. Empecé a llegar. Cuando llegué no tuvieron tiempo ni de poner la mantita a la mesa de la comadrona, y así se toca un pequeño chichón al revés en mi coronilla. Así llegué, de madrugada, tras muchas cervezas y risas. Quizás sea por eso que me guste beberlas. Y que me guste la noche.”
Me ha gustado el final con las cervezas y la noche….