Había algunos días en los que llovía y mi madre me ponía a jugar con los patitos colgantes, uno verde uno naranja y uno azul. Los patitos eran planos de tela de paño. Sus ojos eran dos pedacitos de tela circular y las alitas eran otro relieve de la misma tela en blanco. Me gustaba mucho atizarles con el dedo apoyándome en la espalda para poder alcanzarlos. Y daban vueltas sobre mi cabeza. Me gustaba casi tanto como sacar las manos de las sábanas y la manta de noche en invierno cuando estaba allí aburrida en la oscuridad y no encontraba ninguna luz que tililase para poder seguirla con los ojos hasta quedarme dormida, tirar de las mangas largas hasta el brazo y luego extender el brazo izquierdo y hacerme cosquillitas en vertical hasta agotarme y cerrar los ojos. O cuando se calentaba una parte de la cama mudarme a otra más fresquita con las piernas al aire por el camisón.
También me encantaba cuando me ponían la nana rosa de lana, que tenía una flor roja, era como una manopla gigante que me guardaba el cuerpo entero. Al contrario que la sensación de cuando venía ese amigo de mis padres con bigote y pelo rizado y me ponía boca arriba en una cosa muy muy fría sobre la mesa del salón, y parecía que me iba a caer al suelo y desnucarme. Esos días siempre eran igual, pasaba eso y luego yo lloraba y mamá me llevaba a la habitación de las nanas. Entrando al pasillo la primera puerta a la izquierda. La habitación de la cama nido con brotes verdes. Entonces allí me arrullaba y yo metía la cabeza por debajo de su brazo hasta ver la luz, y siguiendo los brotes como si fueran un laberinto era como al fin quedaba dormida antes de comer. Esos son quizás los primeros recuerdos que tengo de mi vida, al cabo de algún tiempo me enteré de que lo que pasaba aquellos días era que venía a casa un amigo de la familia ginecólogo y que me ponían en una pesita, la pequeña balanza de hierro para ver cuánto peso había hecho desde la última vez.
Luego los días de sol recuerdo ir a casa de la abuela. Y que me bañara en un cubo de aluminio en la terraza. Mi abuela entonces era hermosa no tan grande como su hermana pero bien grande. Mi abuela materna, la que me hacía las nanas y los patucos. La misma que me enseñó a hacer punto y que la semana pasada me dijo cómo tricotar la bufanda. Ya llevo un palmo. Mi abuelo al contrario era algo más bajito y flaco. Con sus gafas de pasta marrones y su mechón de pelo blanco desde el centro de la frente hacia la derecha. Con su cara siempre bien afeitada y con su olor tan particular siempre. Mi abuelo era el portero del edificio en el que vivían, vivían en el séptimo piso. Y vivían justo al lado de Casa Paco, el mejor sitio para comprar patatas.
Un día fuimos a casa de la abuela en verano, hacía calor en la calle pero siempre en el portal de Antón de Cuéllar hacía mucho fresquito. Allí estaban las plantas que la abuela regaba por las mañanas. Eran potos plantados en macetas. Unas macetas como si fueran piedras antiguas de romanos un poco toscas, me gustaban mucho más las de barro marrón que veía en casa o las típicas blancas con dibujos raros azules o verdes. El caso es que nos montamos en el montacargas con el suelo de círculos de plástico negro siempre inmaculado. Cerrábamos la reja y mamá me aupaba para que fuera yo quien pulsaba el último botón negro con un número blanco. El primero empezando por arriba. Así que para mi los abuelos vivían en el primero desde el cielo. Allí tan cerca de las nubes. Llegamos y la prima estaba en la puerta que estaba abierta. Entonces nos sentamos las dos a jugar en la puerta de la casa, en el escalón del rellano. Dejamos la puerta entreabierta. Al cabo de un rato vino la tita y empezó a chillar.
-¡Hormigas! Pero ¿qué has hecho niña?
-Nada mamá estaba jugando con la prima.
-¡Ay! Pero que la niña también está llena de hormigas.
Salió corriendo a buscar a mamá y a la abuela.
-¡Ay! Pero que sofoco hermana! Que las niñas están llenas de hormigas.
Yo no podía hacer otra cosa que reírme porque los bichitos me hacían cosquillas por todo el cuerpo pero a la prima se le habían colado hasta por debajo de las braguitas. Ella tenía dos años más que yo así que ya no tenía los piquitos que yo. Entonces ese día nos bañaron a las dos con la goma en la terraza. Habíamos estado encima de un hormiguero por lo que se ve. Pero al salir ya no estaba, había en su lugar polvitos amarillos.
Qué bonitas estas historias de infancia!!
son autobiográficas o no? o son “basadas en hechos reales”?