I can`t take my mind out of you… han pasado ya algunos meses, casi un año desde que volví de Nueva York y otra vez me invade la misma sensación de aquel casi amanecer en Brooklyn. Estábamos en Williamsburg y el viento frío me cortaba la cara, y me traspasaba la ropa de repente. Alejándome de ese calor que acababa de sentir en aquel sediento abrazo de despedida.
Ahora me acaba de pasar lo mismo, sólo que muchos abrazos después. Casi había olvidado que pudiera sentir haberme equivocado al dar alguno de ellos. Esta vez el viento que entra por el balcón mientras miro al foco de la torre hace que se me suelten algunos mechones de pelo alborotados que me acarician la cara y el cuello. Siento calor en las mejillas y frio en los hombros y en la espalda. Mientras esperaba que dijeras algo he sentido la puerta cerrarse e intenté mirar por la ventana por si salías a la calle y no te he visto hacerlo. No sé por qué de repente has salido sin decir nada. Aquí hace tiempo de otoño, y el otoño pasado esta canción me acompañó todo el tiempo, quizás por eso, evocando a Proust quise volver a escucharla. Había ido al vestidor a ponerme el camisón mientras hacía unas fotos cuando saliste por la puerta. Primero cayó la chaqueta, luego la blusa, más tarde el vaquero era lo último que había en el suelo, y de puntillas había descolgado mi camisón favorito de su percha. En camisón y braguitas me asomé hasta la puerta a ver si estabas… y ya era demasiado tarde. Mis pasos crujen en el parqué de vuelta a cojer la lana negra, me ha dado frío de nuevo. Me siento de nuevo en el rincón delante de la ventana, me gusta sentir el frío en la cara. Me dice que estoy viva y que estas cosas pasan. Lío un cigarrillo y espero que la tetera me de el aviso de que está lista. Taza calentita entre las manos.
A menudo me gusta disfrutar de los momentos en que estoy sola. No me gustan sin embargo esos en los que me quedo sola de repente, con la incertidumbre pegada a los dedos y la duda de haberme equivocado. Pero un amigo dice que los niños nunca tienen miedo. Y soy una niña andando de puntillas en la noche. Quizás esta noche puedo trepar sin vértigo por ese tejado de pizarra hasta la chimenea, y ver pasar las nubes sobre el cielo de esta ciudad tarareando
“Et pense à son amour,
Aux yeux de son amour,
Aux bras de son amour,
Comme moi…”
Porque los borrachos y los niños nunca mienten, y hay historias que empiezan y otras que acaban, y creemos que lo bueno se acaba, pero lo bueno siempre es bueno. Y eso me lo dijiste tú un día entrando por la puerta. Si quieres entrar llama. Te estaré esperando.